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Descertificados

Por Fernando Londoño Hoyos

Cuando los Estados Unidos han advertido, una vez más y al parecer la definitiva, que no están dispuestos a tolerar el crecimiento desbordado de nuestras plantaciones de coca, de la consiguiente producción de cocaína y de la exportación fabulosa a aquél mercado, hemos querido diluir la cuestión entre un profundo mar de babas.

Y así ha sido. Empezamos con el turno de nuestro “Pobrecito Hablador” el Vicepresidente Oscar coca Naranjo, como lo llaman sus amigos más cercanos, quien usó su frase lapidaria: “Colombia no ha bajado la guardia”.

Pues teniéndola en alto, nos multiplicaron por 5 la superficie sembrada de coca en los últimos cuatro años. ¡Qué tal que la hubiéramos bajado!

La producción de cocaína pudo multiplicarse por más de cinco. Los agrónomos de los carteles no descansan y todo se hace más eficiente, desde el sembradío, el raspado o cosecha, la fabricación de la pasta y la preparación final del clorhidrato. Y por supuesto son más seguras las rutas, más precisos los embarques y más ágil el transporte.

Pero no hemos bajado la guardia. Solo que de poco más de cuarenta mil hectáreas sembradas pasamos a más de doscientas mil y la cifra de finales de año nos traerá muy amarga sorpresa. Y mientras tanto… Mientras tanto el mar de babas en que naufragamos.

Antes de acusar a los Estados Unidos por cometer el pecado de consumir lo que le ofrecemos, bien vale que miremos la viga en el ojo propio. Rafael Pardo, el Ministro del post conflicto, otro campeón de decires intonsos, lanza el anatema sobre los vecinos del Norte y se calla, por improbable inadvertencia y más segura perversidad, lo que nos está pasando. Nos volvimos campeones del consumo. Desde luego que carecemos de cifras, pero no son precisas para sustentar la tesis. Indicios sobran.

En reciente y cantada reunión, los alcaldes de todos los municipios de Colombia lanzaron al aire la más amarga queja. Y es que para todos el primero y esencial de sus problemas es el crecimiento inaudito de lo que llaman las “ollas” del micro tráfico. Es la cara dolorosa de la corrupción de nuestra juventud, movida por la oferta descomunal de la cocaína y de su hermano depravado, el bazuco.

Las ollas no solo son el más putrefacto antro de perversión, sino el epicentro de la inatajable inseguridad urbana. Porque los jóvenes iniciados hacen cualquier cosa por su ración de la droga. Atracan, si les toca, hieren y matan, roban, se prostituyen, cooperan en lo que sea menester. Pierden dominio sobre sus actos, o mejor dicho, se les acaba para siempre la fuerza de la voluntad. Son unos animalitos capaces de cualquier cosa ante la voz de mando del jefe de turno.

Los Estados Unidos son los grandes consumidores, admitámoslo, pero nos vamos a llevar un susto grande cuando tengamos algún dato preciso del consumo propio de la cocaína y sus degradaciones. Hasta el doctor Pardo cambiará su muy estúpido discurso.

La cocaína es compañera inseparable de las bandas armadas, que la vigilan en todo su proceso, hasta entregarla en el puerto o la frontera. Las FARC no se volvieron cartel, y de eso hace treinta años, por casualidad. El ELN, que parecía refractario al tema, lo abrazó con todas sus fuerzas. Y pactar con el Clan del Golfo no marcará diferencia. Antes bien, alentará a otros para imitarlo y negociar cuando estén suficientemente ricos.

La cocaína produce cantidades gigantescas de dinero. Y ese dinero se irradia a toda una zona de influencia, en la que se pierde cualquier ética de trabajo y en la que ya nada se vuelve comparativamente atractivo. Esos planes de sustitución de cultivos parecen un mal chiste. Nada produce lo que la coca.

Para pagar jornaleros, raspachines, químicos improvisados, policías que se corrompen, jueces que se doblegan, provisiones, bulteadores, operarios de lanchas y sumergibles, se necesita mucho dinero. La mayor parte se queda afuera, pero el negocio demanda aquí grandes sumas en efectivo. Y es donde hace su aparición la legión de los lavadores, financistas, inversionistas y similares. Para lo que valen los que puedan cargar dólares y los que los traen convertidos en contrabando. El mismo maldito contrabando que arruina las fábricas, descompone el mercado, desalienta las exportaciones y vuelve pedazos el comercio organizado y limpio.

Nos están descertificando por dañar a los Estados Unidos y eso es comprensible. Pero más daño sufrimos nosotros mismos. La cocaína no nos enriqueció, que eso es una grotesca ficción. Nos devoró. Nos acabó como sociedad limpia y organizada. Desequilibró nuestra economía. Hizo pedazos cualquier noción de orden público que tuviéramos. Nos condenó a la miseria moral, que es la peor de todas las miserias. La descertificación, bien vista, es la menos grave de nuestras desventuras. Solo que será la más espectacular, visible y humillante.

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Los silencios del Papa

Por Fernando Londoño Hoyos 

La visita del Papa se convirtió en una apoteosis, en el pleno y antiquísimo sentido de la expresión. Fue algo como Los Triunfos que llamaban los romanos a la bienvenida a sus héroes más preclaros.

Pero también fue la prueba plena de la diferencia que separa el mundo de lo social, es decir, el Derecho, del mundo de la Moral.

Ambos son órdenes de conducta para el ser humano. Pero unidos en su raíz se separan irremisiblemente en su finalidad, sus alcances, sus medios, su contenido. Es este uno de los capítulos más emocionantes y decisivos para los que nos hemos ocupado de la Filosofía del Derecho.

Así se explica la pesadumbre que se llevaron tantos que querían oír al Papa felicitando a Santos y a las FARC por sus 310 páginas de basura. Así se explica la desazón que les causó que el Papa hablara cien veces de la reconciliación como valor moral, sin definirla como valor jurídico y sin explicar entre quiénes querían la reconciliación, ni de que se trataba ella en el mundo de los accidentes políticos. Y así se explica que multiplicara su llamado al perdón, pero situándolo en el terreno de la conciencia individual, del alma, sin pregonar la impunidad y sin mencionarla.

El Papa no quiere que tengamos enemigos en el corazón ni quiere la venganza como medida de nuestros actos. Para la sociedad organizada, los delincuentes merecen y necesitan castigo, porque de otro modo quedaría en manos de los criminales. Y no impone penas por espíritu de venganza, sino por retribución necesaria del que ofende los principios esenciales de la convivencia. El valor retributivo y ejemplarizante de la pena son capítulos esenciales del Código Penal, pero no tienen que ver con el catecismo y los dogmas. Carrara no es un moralista ni un teólogo. Es el más grande criminalista de la Historia. Y Santo Tomás no escribió el Programa de Derecho Criminal, sino la Suma Teológica. Ambos son la cumbre del pensamiento humano en su materia, pero la materia de cada uno es por entero distinta. Carrara trata de criminales. Santos Tomás de fieles, de pecadores y de arrepentidos.

El Papa nos invita a vivir lejos de los odios, del espíritu de venganza, de los egoísmo y las ambiciones terrenales. Su condena a los automóviles de alta gama o a las casa lujosas no son un tratado de economía, ni una condena para nadie. ¡Qué tal! Como Jesús le dijo al joven que dejara sus bienes y lo siguiera, el Papa exalta la austeridad y la renuncia a los bienes terrenales. Pero también se duele de los pobres y sería infinito su número si no hubiera empresarios, creadores de riqueza, promotores de grandes inversiones.

El mundo de la Moral no se agota en ritualidades externas. Para un Fiscal, arrepentido es el que está dispuesto a denunciar compinches y a devolver lo que le encontraron como producto de sus tropelías. Le importa una higa la intención con que lo haga y la limpieza de corazón del que se confiesa. Ese no es su mundo. Para un Sacerdote, lo que vale es la contrición del corazón, el propósito de la enmienda, real, auténtico, profundo y la satisfacción de obra, donde el que se confiesa es el juez de si mismo.

El Derecho es esencialmente coercible. La Fuerza es de su esencia. El que no se somete a las buenas, se someterá a las malas, o la convivencia será imposible. En la Moral nada que se haga a la Fuerza es valioso. Nadie llega al reino de los cielos porque lo obligaron, a fuete y calabozo, a portarse bien.

El Derecho es esencialmente bilateral. Frente a un obligado o deudor hay uno que demanda. Robinson Crusoe nunca estuvo en el mundo jurídico, sino cuando Viernes llegó a su isla. Pero estuvo siempre ligado a Dios, a través de su conciencia.

Por eso es imposible este diálogo que quisieron tantos. El Papa hablaba de compasión y los bandidos, con Santos a la cabeza, querían que hablara de impunidad. Francisco recordaba la virtud Moral de la reconciliación y los de las FARC querían que les bendijeran su impunidad, sus curules gratuitas, sus concesiones aberrantes.

Por eso el Papa no habló de tantas cosas. Defendió de la naturaleza, pero no entró en la mecánica del narcotráfico, ni del contrabando, ni del lavado de activos, ni de las minas de oro ilegal, ni de la devastación de los bosques para sembrar coca; defendió la mujer, pero no entró en el detalle de las niñas abusadas, embarazadas, obligadas a abortar; se compadeció de los pobres, pero no juzgó el crecimiento del PIB, que es la inmensa fábrica de pobres; mencionó la corrupción, pero lo suyo no eran los cupos indicativos ni los Ñoños o los Musas; habló del perdón, pero nunca aconsejó cerrar las cárceles.

El Papa le dejó su palabra a millones de fieles sedientos de amor, de paz en el corazón, de aquella paz que nos dejó Jesús, de rectitud en la conducta y limpieza en las acciones. Y por eso nos dio la Eucaristía. De otra manera habría bendito, en lugar del cáliz, las leyes del FAST TRACK y la Comisión de Seguimiento. Pasó por Colombia un Pastor y no un Político.

 

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Somos coca... O no somos nada

Por Fernando Londoño Hoyos

Ya desde finales del año pasado nos decían los reportes oficiales que el oro salvaba las cifras de exportaciones. Que las ventas al exterior crecían fabulosamente, hasta el punto en que ayudaban a equilibrar la balanza comercial y hacían menos penoso el déficit en cuenta corriente. Y no entendimos el mensaje.

La cifra más importante y concluyente viene envuelta ahora en la maravilla del empleo  rural. Para que nos llenemos de orgullo patrio.

El desempleo subió en las grandes ciudades del país, para ubicarse largamente por encima del 10%. Pero ese dato se compensa con el empleo en las pequeñas ciudades y sobre todo en el campo, para que quedemos en un alentador 9.7%

Pero viene lo mejor. Porque el desempleo rural desapareció. Hay plena ocupación campesina en el país. ¡Aleluya! El Ministro de Agricultura salta a la televisión a reclamar el éxito de la política agrícola. El DANE lo confirma. El PIB rural es prodigioso. Y uno no sabe si lo dicen por   ignorantes o estúpidos. Le están haciendo la corte a la cocaína, la marihuana, la heroína y la extracción ilegal de oro. Y no se dan cuenta. O se dan cuenta y nos creen una partida de tontos.

Las cifras de desempleo no disciernen en qué está empleado el empleado. Basta que diga haber recibido alguna remuneración en las últimas semanas y ya queda inscrito como persona empleada. ¡Deo Gratias!

 Más de doscientas mil hectáreas sembradas de coca, más de mil toneladas métricas producidas y en gran número exportables, distribución de cocaína y “bazuco” en todas las ciudades (no hay pueblo de Colombia sin “olla” de estupefacientes) más la marihuana, más la heroína, más el oro ilegal,  responden por esta cifra fantástica.

El 4.5% de desempleo en el campo equivale a pleno empleo, por una dinámica social bien conocida. De modo que estamos empobrecidos pero con pleno empleo campesino. Paradoja que escapa al escrutinio de una crítica lamentable y de una prensa idiotizada o comprada.

Cuando apenas empezaba la producción de coca en el país, el Presidente cocalero Ernesto Samper calculaba en 300.000 el número de personas que vivían dedicadas a la coca. Ahora no bajarán del millón. Pero queda toda la economía informal y sucia que se produce alrededor y ya está el perfil de este milagro económico.

Cada hectárea de coca necesita quién la siembre y quién la raspe, que es como se llama la faena de recoger la cosecha de la hoja. Y quién la transporte al laboratorio vecino y quién prepare la pasta. Y quién la lleve al segundo, para producir el clorhidrato de cocaína. Y quién la comercialice y quién cuide la plata, la pasta y las mezclas. . Y quien la almacene, transporte, y después quién la venda. Y quién soborne o mate al policía indiscreto. Y quién amenace y mate al que se pase de vivo en la comercialización. Y quién rompa el oleoducto para sacar el petróleo y quién lo refine para procesar el alucinógeno. Y quién compre y transporte el cemento, sin el que no hay producto final. Y quién importe y distribuya los precursores químicos que se usan en la producción de la pasta, primero y del clorhidrato después. Y quién componga el grupo armado que lleve la cocaína al puerto y quién la embarque, y quién maneje los sumergibles y las lanchas rápidas que lleguen a México, pasando o sin pasar por Centroamérica. Y quién venda en los Estados Unidos o en Colombia la coca pura o ya mezclada. Y quién administre el dinero y quién lo convierta en contrabando y entonces, vuelva la cadena de empleos que el delito nuevo requiere. Ya todo lo había descrito Adam Smith en la Riqueza de las Naciones, hombre.

Súmese la constelación de los empleos indirectos que tan fecunda actividad genera. Las prostitutas, los comerciantes, los carpinteros, latoneros y mecánicos, mensajeros y extorsionistas que llegan a los pueblos nacientes, o mejor dicho, a estas desordenadas colmenas humanas que se forman para servir a los nuevos potentados y al dinero, cumplido y antiquísimo aliado de Satanás.

Y no hemos dicho nada de la marihuana y la heroína. Y nos queda el capítulo del oro y el coltán, que parecen ser todavía más extensos y valiosos. Así se comprenden las cifras del DANE. Pleno empleo en el campo y pobreza extrema en el resto del país. Lo que falta es mano de obra para recoger el café y procesar la caña y producir comida. Pero hay con qué importarla. Por las buenas o por el camino del contrabando.

Hace tiempo dijo alguien que “Colombia es café o nos es nada”. Pues ahora  “Colombia es cocaína o no es nada”. Gracias, Presidente Santos. Estos son los frutos de la paz. Que el Santo Padre no pierda la ocasión de bendecirlos.

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